En la cultura judía, los nombres están íntimamente relacionados con el alma y la vida del individuo que lo lleva. Según estas doctrinas cada objeto o ser que se presenta y convive en este mundo tiene una Fuerza Divina única, al igual que cada una de las letras que conforman el alfabeto hebreo. De esta manera, se puede ligar perfectamente a la esencia y forma de cada ser con los caracteres que generan su denominación.

El Talmud (obra que recoge las principales discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, leyendas e historias) ejemplifica asiduamente respecto de la influencia que un nombre puede ejercer sobre la influencia de una persona. Así, Rabí Iosef Caro, autor del código de las leyes judías, afirmó que aquellos que se llaman Abraham estarán naturalmente destinados a obrar con el bien por sobre el mal.

Por otra parte, los nombres hebreos se clasifican en diferentes tipos u orígenes. En primer lugar, se utilizan los nombres bíblicos, derivados lógicamente de los cinco Libros de la Torá o de los Profetas. Además, están los nombres Talmúdicos, que se originan en el Talmud o en el Midrash. También hay nombres derivados de la naturaleza, de animales, o bien elegidos como homenaje al mismísimo Dios.

Como característica particular de la cultura judía, es importante destacar que cada sexo (hombre o mujer) reciben el nombre en diferentes momentos y circunstancias. Los varones serán nombrados 8 días después de su nacimiento, en la ceremonia del Brit Milá, mientras que las mujeres, por el contrario, lo tienen a partir de que su padre es llamado a la Torá.

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